Le
apodaban «Pato». Quizá porque se llamaba
Patricia; tal vez porque al caminar separaba las puntas de los pies. Ella, sin
embargo, se sentía una «Patita Fea». Quizá porque no aprobaba salirse de
clases; tal vez porque no le gustaban los deportes tanto como a los demás.
Caminaba por los pasillos rodeada de sus «amigas», aunque sabía que a
sus espaldas se reían de su modo de vida, pues no entendían por qué no le
gustaba burlarse de los demás o porqué no vestía a la moda. Ella se consideraba
la aburrida e insignificante «Patita Fea».
Pero al llegar a casa, sus ojos brillaban y su rostro se iluminaba,
porque entonces se encerraba en su recámara, abría su gaveta y extraía sus
lápices de colores. Entonces, con trazos firmes y decididos salpicaba la hoja
de color hasta formar lindos paisajes que iban desde altas cordilleras hasta
frondosos árboles en medio del bosque.
Una tarde en que todo le había salido mal —no la invitaron a la fiesta
del grupo ni se acordaron de incluirla en un chat— comenzó a dibujar sin
prestar atención a los movimientos de su mano.
—A veces quisiera ser como los demás —murmuraba.
Minutos más
tarde, se asombró de su propia obra. ¿Qué había hecho? ¿Un lago con muchos
patos y un cisne en medio? De repente lanzó una carcajada. ¡Por fin había
descubierto el misterio! Comprendió que «La Patita Fea» no era extraña o
anormal. Simplemente era un cisne.

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