Estábamos rodeados de susurros. ¿Te acuerdas? Formamos una nueva
familia, una nueva comunidad, en el pabellón de neonatos. Nos hicimos amigos --por lo menos durante diez días--, de otros padres que sufrían por sus pequeños.
Supongo que tú te encariñaste con tus vecinos de cuna. Yo también.
Emiliano, prematuro pero con unos chillidos potentes.
Toñito, simpático pero que se negaba a comer. Manuel, rojito pero con una madre
persistente. Había más. Los gemelos, la niñita con Síndrome, el chiquito de
1.900.
No era necesario presentarnos. Después de un par de días,
los policías nos reconocían. Supongo que pensaban: “Ahí viene una mamá de
neonatos; es un papá de neonatos”. Traíamos pañaleras con el tira leches, una
cobijita, nuestra ropa para entrar a verlos (gorro azul, casaca azul, cubre
bocas).
Emiliano, prematuro pero con unos chillidos potentes.
Toñito, simpático pero que se negaba a comer. Manuel, rojito pero con una madre
persistente. Había más. Los gemelos, la niñita con Síndrome, el chiquito de
1.900.
Y sus padres. Todos con rostros demacrados, mostrando en los
ojos el cansancio físico y emocional, aguardando el reporte médico por la mañana
y por la tarde. Todos nos formábamos, haciendo plática trivial. Luego, uno a uno se
aproximaba a la puerta y escuchaba el veredicto.
En algunas ocasiones se traslucía una sonrisa y todos
respirábamos mejor. El bebé iba bien.
En otras, el ceño se fruncía aún más, y
todos nos dolíamos. El bebé no mejoraba.
Los primeros días nos tocaron más lágrimas que risas. Jamás
olvidaré a la pareja que abandonó la sala con la expresión de aguda pena.
Después presenciamos la sonrisa de esperanza de los que se iban a casa. Y aún
cuando compartíamos su alegría, en el silencio del corazón nos preguntábamos:
¿y nosotros cuándo?
No había día y noche, no había horas ni fechas especiales.
El Super Bowl pasó sin pena ni gloria. El día del amor y la amistad poco
importó. Solo existían las incubadoras y los vecinos (los otros padres); los
médicos y las enfermeras; los guardias en las puertas.
No era necesario presentarnos. Después de un par de días,
los policías nos reconocían. Supongo que pensaban: “Ahí viene una mamá de
neonatos; es un papá de neonatos”. Traíamos pañaleras con el tira leches, una
cobijita, nuestra ropa para entrar a verlos (gorro azul, casaca azul, cubre
bocas).
Así sucedió. Nos topamos con otros padres y otros pequeños
en una estación más del tren de la vida. La estación del “dolor”; la estación
“neonatal”. Me pregunto si algún día los veremos de nueva cuenta. ¿No te
gustaría ir un día al parque para jugar con Emiliano o con Manuel? ¿No te
agradaría visitar a Toñito en su pueblo?
Quizá en una próxima estación.
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