Uno de mis compositores favoritos es J. S. Bach. Su genio
destaca aún después de dos siglos de su muerte. Sin embargo, Bach no se
consideraba un hombre diferente o especial. Su secreto, en sus propias
palabras, recaía en practicar con diligencia.
De cualquier modo, no podemos asegurar que el ser
industrioso provea la genialidad del prolífico músico. Cuando finalmente su
obra se publicó, se necesitaron 60 volúmenes para compilar sus composiciones.
El misterio, al menos para mí, es: ¿dónde encontraba el
tiempo para la música? Bach trabajaba como organista, director musical, tutor
privado, maestro de latín, sin olvidar que tenía una familia numerosa con la que
pasaba tiempo y que no descuidó a pesar de sus constantes mudanzas.
Algunos piensan que su lema era: «Nací para trabajar».
Algunos formamos parte de su club filosófico. Nos estimula
el trabajo. Nos gusta estar ocupados.
¿Dónde sacamos el tiempo para hacer lo que nos agrada? Bach
no se quejaba, al contrario, hasta el último año de su vida, trabajó para
revisar sus grandes cantatas.
Wagner le llamó el «milagro
más estupendo de la música».
Bach se hubiera ruborizado. Me atrevo a decir que se habría encogido de hombros
al decir: —Solo hice lo que me gusta.
¿Administramos el tiempo para hacer lo que nos gusta?
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