A fines del siglo XVIII se creía que si se lavaba la cabeza
del bebé en brandy se evitaba una gripe. ¿Lo puedes creer? Supongo que se
trataba de una de esas «recetas» que van de boca en boca.
Lo cierto es que en un libro escrito en 1878, un médico
inglés de renombre, cuando una mujer le pregunta por carta
si es importante estar informada sobre las enfermedades y el cuidado de un
niño, el doctor responde con vehemencia: «¡Por
supuesto! Considero que es su imperante obligación el estudiar estos temas».
¿Mi obligación estudiar sobre enfermedades? Sinceramente, lo
hago cada vez que uno de mis hijos presenta un malestar. El médico de aquella
época lamenta que muchos padres descuiden la instrucción de sus hijos y la
propia, pero ahora tenemos buscadores donde tecleando unas cuantas palabras
podemos encontrar las causas, síntomas y remedios de casi cualquier padecimiento.
El médico del tratado concluye: «Es la madre quien debe velar por todo lo concerniente al
cuidado de su propio hijo». De tan solo leerlo
me siento más presionada que de costumbre.
Sin embargo, el médico, en cierto sentido, tiene razón. Una madre
instruida vale por dos.
Así que, busquemos un espacio —grupo de amigas, página web,
libros o foros— donde podamos preguntar lo que sea sin recibir rechazo,
escarnio o lástima. Aún existen esos lugares y esas personas donde uno puede
ser uno mismo, con toda su ignorancia a cuestas, pues el que no pregunta, no
aprende.
¿Qué pequeña «nimiedad» nos está causando angustia? Preguntemos,
investiguemos, dialoguemos. Pues esa pequeñez puede ser el factor que haga que
en nuestro hogar reine más amor, más paz y más esperanza.
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