Mamá estaba jugando con el bebé. Lo elevaba al cielo y cuando descendía lo llenaba de besos y lo abrazaba con ternura. Luego volvía a ponerlo en el suelo para que gateara, hasta que nuevamente lo sostenía y reían juntos. Juan, el hijo de tres años, miraba desde la puerta. De repente dijo: “Desearía que me amaras como a Tito”. Su madre se inquietó. “Pero, Juan, yo te amo. Te amo todo el tiempo”. Juan negó con la cabeza. “No me amas con tus manos”.
El contacto físico es esencial para el ser humano. El sentido del tacto es el más extendido en nuestro cuerpo pues ocupa toda nuestra piel. Sin embargo, las estadísticas muestran que la mayoría de los padres no tocamos lo suficiente a nuestros hijos. No abrazamos, ni besamos, ni sostenemos la mano de los pequeños, y mucho del contacto físico se limita a vestirlos y asearlos.
Quizá la sociedad ha retraído el impulso de afectividad por temor a que se tome por abuso sexual. Es verdad que muchos adultos se han dedicado a una conducta distorsionada y contra la ley, pero no todo el que abraza a un niño es un criminal. Como padres, debemos sentirnos con la libertad de amar a nuestros hijos, y las caricias son una manera de decirles cuánto los queremos, a cualquier edad.
Un abrazo dice mucho más que unas palabras de consuelo. Un beso refuerza el: “Te quiero”. No olvidemos el toque mágico en todas nuestras relaciones.

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