Estábamos rodeados de susurros. ¿Te acuerdas? Formamos una nueva familia, una nueva comunidad, en el pabellón de neonatos. Nos hicimos amigos --por lo menos durante diez días--, de otros padres que sufrían por sus pequeños. Supongo que tú te encariñaste con tus vecinos de cuna. Yo también. Emiliano, prematuro pero con unos chillidos potentes. Toñito, simpático pero que se negaba a comer. Manuel, rojito pero con una madre persistente. Había más. Los gemelos, la niñita con Síndrome, el chiquito de 1.900. Y sus padres. Todos con rostros demacrados, mostrando en los ojos el cansancio físico y emocional, aguardando el reporte médico por la mañana y por la tarde. Todos nos formábamos, haciendo plática trivial. Luego, uno a uno se aproximaba a la puerta y escuchaba el veredicto. En algunas ocasiones se traslucía una sonrisa y todos respirábamos mejor. El bebé iba bien. En otras, el ceño se fruncía aún más, y todos nos dolíamos. El bebé no mejoraba. Los primeros días...
El blog de Keila Ochoa Harris