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Entre cajas...


En el libro infantil: ¡No es una caja! de Antoniette Portis, la autora habla de una caja, una sencilla caja, pero que en la imaginación del personaje principal se convierte en un barco o un cohete especial.
Las cajas de cartón son objetos indispensables en los hogares donde se busque encender la imaginación de los chicos. Una caja, del tamaño que sea, puede convertirse en un juguete o una herramienta.
Una caja grande, como en las que se empacan los electrodomésticos o hasta una lavadora, se puede convertir en un tren, un cohete espacial o una casa de muñecas. Una caja pequeña (como de medicina) puede volverse: un teléfono celular o formar parte de una ciudad.
Sin embargo, cuando hablamos de cajas también viene a mi mente la frase: «Esa persona es una caja fuerte: gris, cuadrada y cerrada». Cuando opinamos que alguien es «cuadrado» decimos que su modo de ver la vida es conservador o limitado.
Supongo que en cierto modo todos pensamos en una referencia «cuadrada», es decir, con los límites que la experiencia, el contexto social y el conocimiento nos brinda. Por ejemplo, antes de ser madre solía observar a los niños berrinchudos con el ceño fruncido y pensar que los padres no hacían bien su trabajo. Incluso llegué a «sugerir» cómo lograr el buen comportamiento de un niño. Mi caja era pequeña y cuadrada.
Hoy que tengo hijos mi caja sigue cuadrada, pero va aumentando en tamaño. Sé que hay buenos y malos días en esto de ser padres, y que los hijos suelen escoger el momento más inoportuno para lanzar sus rabietas, pero que eso no define una paternidad «exitosa» o «fracasada». Mi caja ha crecido un poco.
Y reconozco que mi caja irá creciendo con el paso de los años al lado de mis hijos. Observo a mis amigas quienes ya tienen a sus hijos en la adolescencia y guardo en mi corazón las lecciones que aprendo, pues hoy que mi caja sigue de tamaño mediano me cuesta trabajo comprender algunas de sus reacciones y acciones. Pero sé que llegado el día, mi caja se agrandará y podré ver mejor las cosas.

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