Durante el virreinato surgió un nuevo juguete o una nueva
forma de diversión: «volar papalotes». Mientras que en otros países se les
llamó cometa, en México se usó la palabra náhuatl papalotl que significa «mariposa».
Los niños solían volar papalotes en la calle o en sus casas,
y lo que al principio pareció ser un pasatiempo inocente, se convirtió en un
peligro. Las crónicas de la ciudad nos cuentan que algunos niños cayeron de sus
azoteas distraídos por jugar con su nuevo juguete. Algunos casos trajeron la
muerte; otros severos accidentes.
En otras instancias ocurrieron atropellamientos. Los niños o
adultos, preocupados por no perder su cometa, fueron pisoteados bajo los cascos
y ruedas de los carruajes tirados por caballos y mulas. Dicha situación
requirió de una medida drástica. El virrey en turno prohibió volar cometas a
menos que se hiciera fuera de la ciudad. Si alguien desobedecía, se le multaba
con cincuenta pesos, o cien si era su segunda sanción. Y según las leyes, si
alguien continuaba aferrado a jugar con su papalote, se le castigaba con el
destierro.
De toda esta historia surge el dicho: «andar papaloteando». ¿Te ha pasado que por andar viendo el
teléfono o haciendo algo más te expones a diversos peligros?
Hoy no vemos los papalotes como algo peligroso, pero en su
momento lo fue. Seamos precavidos al andar por la calle. Bien dice por ahí un
hombre sabio que todo tiene su tiempo. Hay tiempo para hablar por teléfono y
tiempo para cruzar la calle; tiempo para conducir el auto y tiempo para
ponernos al corriente de las noticias de nuestra mejor amiga.
En pocas palabras, nada de ir por las nubes o en la baba, o
tragando camote, mucho menos, «papaloteando».
Es hermoso saber de ti y saber que sigues haciendo lo que tanto te gusta.
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